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¿El travestismo se limita al simple gusto por la ropa femenina? Todo apunta a revelar que no, que la tendencia hacia el uso de ropa, accesorios, maquillaje y, en conjunto, cualquier elemento estético-femenino es sólo la “punta de iceberg”, es “lo que se ve”, lo que podemos percibir de manera superficial, pero por desgracia, es lo que el individuo cree que sucede consigo mismo, pero es probable que esta errónea apreciación sea producto de la falta de información suficiente tanto para quienes lo observan como hacia el interior del travestista.
Déjeme exponer un caso que serviría para explicar este aspecto. Mi sobrina, de entre dos y tres, solía despertarme como lo hacen los niños: a gritos, pero lo hacía de una manera singular, me gritaba en los ojos. A su edad no se había dado cuenta que al mundo lo percibimos mediante los cinco sentidos y no sólo por la vista, como ella suponía, y de ahí que no hubiera ideado gritarme al oído, y qué suerte que no sucedió así. Es probable que el subconsciente del travestista responda a un proceso similar: sabe que existe un mundo extraño a su alrededor y al ignorar cómo captarlo, se ve impotente para cercarse a él y conocerlo de mejor manera.
El deseo o necesidad de usar atuendos femeninos es reflejo de una actitud emocional -consciente o inconsciente- de la persona que lo experimenta, que al ignorar cómo exteriorizar su identidad latente, esa sexualidad afectiva de la que comentamos al inicio de este trabajo, no sabe cómo debería comportarse ante quienes le rodean y menos ante sí mismo pues no es remoto que se enfrente a una lucha entre sus propias emociones y la impuesta escala de valores.
Como la totalidad de los individuos, el travestista conoce y adopta las actitudes masculina y femenina mediante la observancia de modelos externos, y al igual que muchas personas ignora qué sucede en su interior en aspectos como el emocional, pero se siente más identificado con las mujeres y de ahí que busque aproximarse al esquema femenino en lo exterior, pues adolece de elementos para descubrir y entender el interior.
Esta “desorientación” del individuo tal vez sea la causa de la angustia de que con frecuencia es víctima, pues él mismo “sólo ve” el aspecto exterior de su propia personalidad, sin percatarse de que es en lo interior dónde se identifica con el modelo femenino. Él mismo ha sido incapaz de percatarse que su feminidad es producto de una condición sexo-afectiva, de una identificación sexual distinta a la que supone le fue asignada.
Hemos insistido en que el travestista “se sabe hombre” pero “se siente mujer”. ¿En qué consiste ese “sentirse mujer?” Bueno, si tuviéramos la respuesta irrefutable a esa pregunta estaríamos en condiciones de liberar de su prisión no sólo a los travestistas, sino a millones de seres humanos rehenes de sí mismos, ignorantes de las causas que los conducen a asumir conductas generadoras de sufrimiento.
Ese “sentirse mujer” del travestista podría interpretarse de múltiples maneras. La primera, sería la de compartir el estadio emocional que observa en su madre o las mujeres con quienes ha convivido en sus primeros años de vida, en aquella etapa formadora de la personalidad. Ha notado que la mujer tiene compromisos que suele cumplir desde el interior y el exterior del hogar, y se siente identificado con esa conducta.
También ha visto cómo aquel modelo femenino es más cariñoso que el masculino en ocasiones hosco, por no decir agresivo, y un tanto más cuanto indiferente a sus propias emociones. En este sentido se fortalece la teoría de la imagen femenina superior a la masculina en la formación del carácter travestista.
Pero los cimientos se traducen de manera incuestionable en el desarrollo de la personalidad. El travestista, cuando tiene sus raíces en situaciones de esta índole, tiende a continuar su admiración hacia la posición sexo-afectiva de la mujer, admiración que se orienta a tratar de imitar aquella identidad.
De ser cierta esta apreciación, podríamos pensar que cuando el travestista es producto del modelo materno, más que intentar imitar el aspecto exterior, tendería a querer asumir la actitud emocional comprensiva y cariñosa, y por tratarse de una persona no-homosexual, en sus relaciones familiares sería un potencial padre-madre, es decir, estaría en condiciones de asumir los compromisos sociales del padre sin descuidar el gusto materno por el cuidado, disfrute y atención de los hijos, sin ignorar todas las ventajas que para la familia pudiera implicar esta conducta.
El travestista nunca es un ser aislado ni marginal: forma parte de una estructura social donde los varones mantienen actitudes externas e internas, al tiempo en que la mujer cumple sus propios compromisos, sobre todo en lo que a la relación familiar se refiere, pero por misteriosos motivos aquella admiración por lo femenino se refleja de manera relevante en el aspecto físico, en lo externo, en lo que se ve. La persona siente una atracción por aquellos elementos internos pero es incapaz de concretar tales sentimientos, pero se identifica también con los factores externos y tiende a imitarlos, pero al confrontar convicciones con emociones incurre en contradictorios estadios emocionales para los cuáles carece de respuestas.
¿Por qué tengo el deseo de vestirme de mujer?, será la primer pregunta que se hará la persona. ¿Seré homosexual?, pudiera ser la siguiente, cuestionamientos que nunca tendrán una misma respuesta para todos y cada uno de quienes presenten esta conducta, pero sí son lo suficientemente fuertes como para ocupar toda su atención, distrayéndolo de aspectos más importantes para su propia comprensión.
El travestista observará una “disfunción” en su personalidad, y acostumbrado a guardar los ordenamientos generalizados, concentrará su atención a tratar de entender “lo que ve”, descuidando “lo que siente”, y en ese momento incurre en una nueva confusión. Se “sabe hombre”, pues en sus relaciones cotidianas nunca ha experimentado atracción por ningún varón, mas no alcanza a darse cuenta que el “sentirse mujer” va mucho más allá de una presunta tendencia homosexual.
Las dudas e interrogantes van en aumento a lo largo de su vida, sobre todo cuando al tener experiencias travestistas se precipita hacia sentimientos de culpabilidad que de la misma forma tampoco serán los mismos de una persona a otra, pero suelen ser muy fuertes.
Una de las constantes entre los casos observados para este trabajo, fue ese sentimiento de culpa producto de la homofobia latente de la persona, homofobia producto de una sociedad intolerante y negada a aceptar la sexualidad en todas sus manifestaciones, y que se revierte en contra del individuo al suponer que su deseo por “ser mujer” fuese una callada tendencia homosexual en la que no desea incurrir dados los valores impuestos. El terror, o la simple duda de serlo, hacen que se concentre en analizar ese aspecto exterior de su personalidad, sin detenerse a pensar qué es lo que sucede en su interior. Es más, ni siquiera supone que existe algo en esa órbita.
Uno de los casos más elocuentes entre quienes participamos en este esfuerzo de comprensión fue el de un travestista convencido de que “ser mujer” no se limitaba al uso de prendas femeninas, sino a la realización de actos femeninos. De niño observó -entre otras cosas- que su madre añadía una fuerte carga emocional a los suéteres que le tejía a él y sus hermanos, suéteres que además de protegerlo del frío poseían la cualidad de hacerle sentir el abrazo de mamá aún en la escuela.
De adulto intentó trasladar aquel afecto tejiendo suéteres y algunas otras prendas de lana para sus hijas, con el magnifico resultado que las niñas preferían los “suéteres feos de papá” a los bellamente elaborados y comprados en tiendas, sin que, claro, desdeñaran aquellos de brillantes colores y diseños a los que su padre ni siquiera aspiraba elaborar por su alto grado de complejidad.
Para este travestista, al igual que para la mayoría de seres similares, no le fue fácil comprender el por qué de su personalidad, pero al darse la oportunidad de realizar acciones femeninas allende el vestuario que le hacían sentir bien, como tejer, lavar, cocinar y reparar la ropa dañada, como vio hacerlo a su madre, le permitió descargar aquel sentimiento de culpabilidad que le había martirizado durante años.
Otro travestista dijo haberse despojado de su complejo de culpa cuando se dio cuenta que algunos de sus amigos valoraban sus palabras de aliento en los momentos que acudían a él en busca de un apoyo o un consejo, pero el proceso no fue tan simple hasta que una persona le hizo un singular comentario que aquí trataremos de reconstruir en forma simple: “caramba, fulano, cuando hablo contigo siento que hablo con una mujer; nosotros (refiriéndose a los varones) nunca aceptamos nuestras debilidades, y tu no tienes empacho en decirme que ame, que llore, que perdone, que saque a flote mis emociones: parece que no tienes miedo a SER MUJER”.
Si lo que nos contó esa amiga fue cierto o no, es lo de menos, pero sí muy elocuente de lo que vive por dentro un travestista.
Raquel
raquel_tv56@hotmail.com
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